AQUAM A PUMICE POSTULARE

 

Si hay algo que siempre he apreciado en las personas es que estas no se rindan ante las adversidades de la vida, ni sigan los dictados de otras. Ya sé que es muy fácil ser estoico cuando las desgracias atañen a los demás, y apenas si nos rozan a nosotros mismos. No le deseo ningún mal a nadie, y menos que a nadie a mí. Quiero decir con esto que preferiría seguir hablando sobre un supuesto teórico más que sobre una triste realidad. En ningún caso, por otra parte, estaría dispuesto, voluntariamente, a sufrir ninguna prueba, como, por ejemplo, la que planteó aquel absurdo personaje de la novela de Cervantes; aquel que quiso saber, poniendo trampas y engaños a través de un buen amigo, si su mujer le sería fiel o no. Sucedió lo previsible: el vaso se quebró. La enseñanza es clara y meridiana: hay que evitar la ocasión para evitar el peligro.

No por eso las desgracias, algunas duras y variadas, han dejado de tocarme bien de cerca, como a todos. Pero de eso no vale la pena hablar. Dice un refrán que no hay sábado sin sol, ni doncella sin amor, ni mujer casada sin dolor. Todos sufrimos y gozamos hasta un cierto límite. No obstante, somos muy propensos a recordar y a recrearnos en las situaciones negativas de la vida. Siempre recordamos más el daño sufrido que los beneficios recibidos. Y aquí, en esta residencia de la tercera edad, qué bello eufemismo, hemos tenido la suerte de tropezarnos con doña Paquita, una valiente octogenaria que quiere mantenernos despiertos a todos los elementos de su generación, y que no se resigna a pasar el tiempo jugando al parchís, al bingo o a otras zarandajas similares, no propias de ancianos sino de gente sin ánimo ni imaginación.

Doña Paquita se empeñó, desde el primer día de su llegada, en organizar todo tipo de actividades: reuniones, lecturas, discusiones, paseos, salidas al cine y al teatro, etc, etc, etc. Todo cuanto se le ocurría. Como siempre, hubo gente que no quiso ni oírla, que prefirió quedarse en su butaca a esperar a la muerte mientras cantaba línea o trataba de mover un cubilete que ya, quizás por simpatía, temblaba bastante de por sí. Otros, por el contrario, participamos activamente en sus proyectos. Y formamos un grupo que me recordaba, de alguna forma, a los de mi juventud: grupos teatrales, grupos de estudio, de protesta, gastronómicos… No es la finalidad de este grupo de ahora, como creen algunos, vivir una segunda juventud, que no la hay, sino recoger lo que en aquella se sembró, cosa bien distinta.

Doña Paquita, y yo también, es partidaria de plantear temas literarios cuando nos reunimos para hablar. Por ella siempre estaríamos leyendo algún libro o poema para comentarlo después. La verdad es que esta mujer es una fuente de noticias y sabiduría; y da gusto oírla. Pero tenemos, cómo no, un sector un tanto politizado que quiere, y desea, mantenernos al tanto de cuanto sucede en la calle. No hay color: con estos siempre estamos hablando del mismo y cansino tema: la corrupción, la estupidez, la escasa preparación y la falta de educación de los políticos, y si este es más honesto que el otro… Aburre por mucho sentido del humor que tratemos de echarle.

-Francamente -dijo el otro día un tanto enfadada-, estoy harta de oírlos hablar de la corrupción. ¡Por Dios! Ya es recurrente. ¡Basta ya!

-La culpa no es nuestra -le respondió el señor Tomás, el viejo sindicalista- sino de los políticos de este país que, al parecer, no saben hacer otra cosa.

-Pues ignorémoslos, señor mío -replicó doña Paquita- ¿Qué nos va y qué nos viene con todo eso?

-¡Mujer! Conocer la realidad del país; y, en la medida de lo posible, hacer lo que podamos para que cambie.

-¿Nosotros? ¿A estas horas? -preguntó doña Paquita estupefacta.

-Usted todavía vota, ¿no? -replicó el señor Tomás.

-Sí, cada cuatro años. Y a las próximas elecciones igual ni llego. O tienen que traerme la urna al cementerio -dijo sonriendo.

-Esperemos que no -añadí yo-. Sólo faltaba que nos acusaran de corruptos. Aunque si de esa forma pudiéramos cobrar su pensión, como han hecho algunos.

-¿Y para qué la quiere usted?

-¡Ah, señora mía! Toda piedra hace pared.

-¿Y para qué quiere hacerse usted una pared ahora?

-Pues por lo mismo -intervino el señor Tomás, ya en su elemento- que los políticos, algunos, roban muchos millones. Tantos que ni en dos o tres vidas los van a poder consumir.

-La ambición -apostillé yo- es el único pozo que no tiene fondo. No recuerdo donde lo leí.

-No es verdad -se sulfuró doña Paquita como si le hubiera picado una avispa-. El ansia de saber tampoco tiene fondo ni límite.

-Tiene razón -le dije sonriendo-. Es que siempre tenemos la maldita tendencia a resaltar lo peor.

-Es lo que predomina -volvió a la carga el señor Tomás.

-¿No hablará usted en serio? -le preguntó doña Paquita-. Es lo que predomina en los medios de comunicación, desde luego. Pero esos medios de comunicación, empeñados ahora en las andanzas, como las define nuestro buen amigo, del Parvus Nicolaus, jamás han hablado, por ejemplo, de la cantidad de horas y horas que muchos jóvenes dedican al estudio, o a la investigación.

-O a sacarse el carnet de conducir -bromeó el señor Tomás.

-¿Y qué hay de malo en ello? -le replicó doña Paquita.

-Pues porque entonces, querida señora -contestó el señor Tomás sin que sus palabras tuvieran mucho sentido- nadie leería los periódicos ni vería la televisión. Sería un aburrimiento mortal.

-¿Y ve alguien ahora semejante monstruo? ¿A alguien le divierten todas las sandeces que se están contado sobre, por ejemplo, el Parvus Nicolaus y todo el vodevil que se ha montado a su alrededor? ¿A alguien le divierte que le tomen el pelo con las sandeces de un crío convertido en un salvapatrias, un espía, un embajador del rey, y no sé cuántas cosas más?.. Me gusta el nombre que le ha puesto usted a este pobre chico -añadió dirigiéndose a mí.

-A millones de personas. Aunque, por supuesto, tiene razón -añadió el señor Tomás- este hombrecillo es una tapadera para no hablar de otras cosas.

-El perro de Alcibíades -la nota clásica la puse yo-. Nihil est novum sub sole. Aquel le cortó el rabo a su perro para que los atenienses hablaran del  perro y lo dejarán a él tranquilo; y ahora, ya sabe, tenemos a este hombrecito y a un país que es un barril lleno de problemas de todo tipo y del que el gobierno no quiere ni oír hablar. Hablamos del Parvus Nicolaus.

-Entonces -dijo doña Paquita como quien no dice nada, y obviando mis palabras- lo que tenemos que hacer es cambiar el gusto de la gente para que deje de ver la tele… Mire a mí eso de Lope de Vega de que al pueblo hay que hablarle en necio siempre me ha parecido una necedad, una justificación del propio Lope.

-¡Doña Paquita! -intervine bromista- siempre creí que era una admiradora de Lopico.

-Lo cortés no quita lo valiente, señor mío.

-¿Y cómo cree -preguntó el bueno del sindicalista- que podríamos hacer que la gente dejara de ver la televisión?

-Desconectándola -respondí categórico.

-Y a los nueve meses se llenaba esto de niños -respondió el señor Tomás un poco desorientado.

-¿Aquí? -dijo doña Paquita estallando en carcajadas-. Qué cosas tiene usted.

-Yo estaba hablando -se disculpó- ¿cómo se dice? ¿Urbi et orbe?

-No, señor -lo corrigió sin dejar de reír-: urbi et orbi.

-Bueno, a los cuatro vientos.

-Eso está mejor. Pero ¿no le parece -preguntó volviendo a ponerse seria- que sería mejor formar a la gente? Educación, educación.

-Ya salió la vieja aspiración -dije yo un tanto desencantado.

-El otro día -contó doña Paquita-. Y ahora sí, señor Tomás, ahora le voy a hablar de la corrupción, me fui al centro a comprar unos libros. Me gusta ir sola -le puntualizó porque a veces declinaba sus invitaciones- porque así oigo las conversaciones de la gente en el autobús. Y fíjese, a quienes yo oí no hablaron de la sandez, del vodevil, que han montado con el Parvus Nicolaus.

Stultus es el adjetivo que lo definiría mejor. A él y a algún que otro periodista. La gente, por otra parte, cada vez habla menos -le dije-: todos van en el autobús con el móvil o jugando o enviando mensajes con él.

-Es cierto, tiene razón -asintió doña Paquita-; pero de vez en cuando una todavía se lleva una alguna agradable sorpresa. El otro día, sin ir más lejos, dos jóvenes, de unos veintitantos años, iban hablando. Le estaba contando el uno al otro que había ido a una conferencia, y que esta le había encantado. Según este chico, el conferenciante explicó que el origen de todos nuestros males, incluida la corrupción, y ella más que nada, está en que se han olvidado dos preceptos fundamentales del mundo clásico: la paideia o educación, y la filía o amor al prójimo. La falta de lo primero hace que parques y jardines estén hechos una guarrada; y de lo segundo que las cajas de ahorro se hayan convertido en bancos de inversión y negocios para unos pocos… Me pareció tan interesante lo que dijeron estos chicos, que me atreví a interrumpirlos, a pedirles el nombre del conferenciante, y a preguntarles si tenía algún libro publicado. Amablemente me lo apuntaron todo en un folio… ¿Ve? A mí no se me hubiera ocurrido esto del olvido de la paideia y la filía. Nunca es tarde para aprender.

-Bueno, eso está bien. Pero no se le olvide que al Nicolasito le caerá alguna prebenda, algún doctorado, o algo así, y que sus jóvenes del autobús se morirán de hambre. También será premiado algún que otro periodista. Pero aquí, volviendo al otro tema, lo que ha fallado -dijo el señor Tomás, deseoso de decir algo- han sido los controles a los políticos y a los partidos. Por eso ha habido, y hay, tanto corrupto.

-¿Los controles nada más? -pregunté-. Aquí ha fallado todo, o nada. Sea como sea, ya no le hablaría de que este país es un puro esperpento, sino de que estamos instalados en la pura y dura vulgaridad. No tiene más que oír hablar a los políticos.

-O leer algún periódico -apostilló doña Paquita-: no cabe más chabacanería en los artículos, ni más barbarismos. ¡Qué lejos de la elocuencia de los tiempos pasados! Eso sí, luego se nos va un dineral en montar congresos sobre la lengua. Y mientras, en los periódicos, que si selfis, zascas, el sonsonete de incendiar la red, treding topic, el genial hallazgo de “fue abusado” o la supina estupidez, el último grito, eso de poner en valor, que no sé qué quiere decir, salvo que quien lo emplea no ha leído a don Francisco de Quevedo, entre otros, y es un perfecto necio.

-La televisión acabó con el arte del bien hablar. Allí lo hace cualquier zascandil.

-Sí, ahora la iluminación y los encuadres sustituyen a la captatio benevolontiae. Por eso los discursos son cada vez más vacuos y necios, como la escritura.

-Y además -volvió a intervenir el señor Tomás- los políticos nunca hacen lo que dicen. Toda la prometida transparencia por parte de los políticos para acabar con la mucha corrupción de este país ha quedado en agua de borrajas. Hacen dos declaraciones de buenas intenciones, enseñan dos papelorios en la distancia, y se quedan tan anchos. Nos toman por idiotas.

-Cada uno juzga a los demás según es él -afirmó doña Paquita-. O si quiere, como dijo Baltasar Gracián, quien se burla tal vez se confiesa.

-Los romanos le dirían -volví a meter la cuña clásica- que pedir coherencia a un político español, autonómico, nacional o estratosférico, es aquam a pumice postulare. Pedir peras al olmo.

-¿Y por qué no traduce aquam? -me preguntó extrañado el viejo sindicalista mirándome fijamente a los ojos.

-No es una traducción literal -repuse-. La traducción literal sería pedirle agua a una piedra pómez.

-¡Qué bonito! -exclamó doña Paquita- ¿de dónde ha sacado ese dicho?

-De una traducción que hice hace muchos años. De la famosa carta de Plinio el Joven hablando de la muerte de su tío, Plinio el Viejo, y de la erupción del Vesubio.

-¿La conserva?

-La tengo en mi habitación guardada como oro en paño. Ahora no sé si esa expresión la empleaba Plinio o la leí en el diccionario. Me parece que fue esto último.

-¿Me puede prestar esa traducción?

-Por supuesto. Voy a por ella.

-Lo acompaño -me dijo el señor Tomás-, y así cogeré mis pastillas.

-Me parece -le dije al viejo sindicalista apenas habíamos dado dos pasos por el pasillo- que estas Navidades nos van a regalar libros sobre la paideia y la filía.

-¡Lo estoy oyendo! -gritó doña Paquita- que llevo el sonotone puesto.

-¡Joder con la electrónica! -exclamó el señor Tomás.

-¡Y usted no sea mal hablado!

Nos callamos asustados y ya no dijimos nada más.

Vicente Adelantado Soriano
Vicente Adelantado Soriano
Vicente Adelantado Soriano nació en Caudiel (Castellón), desde donde se trasladó a Valencia en edad muy temprana. Hizo allí el bachillerato y la carrera, doctorándose en filología española. Profesor de secundaria, ha impartido clases de lengua y literatura española, valenciano y latín. Gran admirador de don Benito Pérez Galdós, escribió un libro sobre los Episodios nacionales, editado por Isidora, revista de estudios galdosianos. Publica regularmente en revistas culturales.