El campo de las flores marchitas

schindler_listHace unos años, mi madre quiso contarme una historia; pero no una historia común, como aquellas que elegimos leer por entretenimiento en nuestro tiempo libre. Era una historia peculiar, distinta a las demás, sobre todo porque fue real. Yo era una niña en ese entonces, y como todo persona cuando es pequeña, ignoraba mis raíces, mi historia familiar. Por lo tanto, mi madre un día decidió sentarme frente a ella y adentrarme en el túnel del tiempo de mi abuelo, Isaac Knoll. Es una historia que cambió por completo mi forma de pensar y apreciar la vida, y si bien en ese entonces en que era chica no tenía demasiada conciencia de lo que me estaba siendo contado, años más tarde significó un impacto muy grande en mí.

Retazos de diario, cartas, documentos viejos, fotos grises y desgastadas por el tiempo son algunas de las cosas que mi madre todavía conserva en una carpeta. Mi abuelo le relató la misma historia que ella me contó cuando era una niña, y la escribió a medida que la iba escuchando. Esos escritos aún los conserva y cuentan cómo fueron los años vividos en el Guetto durante la guerra. Los documentos de la madre y las hermanas de mi abuelo no fueron vueltos a sellar, pero el suyo sí. Su vida fue salvada por ser buen carpintero y ayudar a los militares en tareas que ellos le requerían, dándole la opción de ir a Estados Unidos, Israel o Argentina en los barcos de inmigrantes. Él eligió la Argentina, lo que le dio la posibilidad de conocer a mi abuela en Entre Ríos y poder empezar de nuevo su vida dejando un pasado oscuro atrás.

Muchas veces recordando esta historia o viendo películas en torno al tema, siento como si estuviera parada a la intemperie en un campo de concentración rogando por un minuto más de vida. Su historia se funde con la mía muy a menudo, y me recorre por el cuerpo un frío helado que no puedo quitármelo con ningún pensamiento. Imagino el estar a su lado viviendo lo mismo que él aunque no me haya sucedido, su historia se encarna en mis huesos cada vez con más fuerza creando en mi mente todo tipo de reflexiones e ideas que se chocan unas con otras y parecen no tener fin.

Siempre me he preguntado qué es lo que podría haber llevado a una persona a cometer tantos asesinatos, tantas muertes indiscriminadamente. ¿Habrá sido la ambición de poder, la avaricia, el sadismo, el egocentrismo, la intolerancia a lo diferente? ¿Cómo se puede llegar a despreciar tanto la vida de alguien, llevar su valor a cero, no sentir nada al ver morir a una persona? La vida humana y cualquier vida de un ser en el planeta es un tesoro invaluable que sucede una vez en una infinitud de tiempo. El valor de vivir es algo incomparable, algo inmenso, indescriptible, que nadie tiene el derecho ni el poder de arrebatarlo. Una persona se proclamó como patrón de perfección, y todo aquel que se alejara de ese modelo era considerado un error, una equivocación, una amenaza. Dicha persona se adjudicó el poder de hacer desaparecer cuanta amenaza se cruzara en su camino, y todo lo diferente a él fue eliminado. Si se hubiera considerado el ser diferente como una forma de que la sociedad prospere y no como un error, nada de lo sucedido hubiera ocurrido, pero lamentablemente no fue así.

Originalmente los pueblos utilizaban el intercambio como medio para conseguir alimento y elementos para vivir. Se ayudaban mutuamente y prevalecía la igualdad de condiciones para todos. Esto cambió cuando posteriormente llegó el concepto de “dominación”, el cual cambió la forma en que estos pueblos vivían. Todos los valores adquiridos hasta el momento desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, reemplazando la cooperación y solidaridad que tenían unos con otros, por la competencia y la desesperación del beneficio personal no importando las consecuencias, tratando de llegar a lo más alto a costa del sometimiento y la degradación de las demás personas, a la vez que destruyendo las costumbres que hasta el momento poseían.

Este concepto es el que prevalece hasta nuestros días, y es el que llevó a lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial, además de la intervención de otros factores. Es un hecho aberrante de recordar en la historia de la humanidad. No existen palabras para describir el horror, la angustia, el dolor, el desamparo, la crueldad, la frialdad con la que fueron tratadas millones de personas inocentes que nunca supieron la razón de sus muertes repentinas. La vida es larga, dirán algunos, pero para estas personas fue un camino fugaz que no pudieron terminar de recorrer debido a miles de injusticias cuyo precio se sigue pagando en la actualidad.

La mayor parte de la historia de la humanidad está caracterizada por la violencia y el incesante confrontamiento de unas personas con otras. La locura por la posesión de poder ha llevado a cometer las atrocidades más grandes de la historia, convirtiéndose en películas de terror aún peores que las que se han filmado. Una de ellas, La Lista de Schindler, tuve la oportunidad de verla en la escuela años atrás. Recuerdo que tuve que salir del aula tras la angustia y el dolor que había sentido durante toda la película; ninguno de mis compañeros entendía porqué me sentía así, y más allá de que pudiera explicarles mi historia y porqué me había impactado tanto una película de tal índole, no podría nunca transmitirles el sentimiento ni la sensación que recorría mi cuerpo en ese momento.

Una distinción que me parece interesante hacer sobre aquella película es la aparición de una niña vestida de rojo, caminando entre las calles de la ciudad en una escena gris y oscura. El vestido es lo único que aparece en color, siendo la nena por un lado y el vestido por otro, dos símbolos importantes: el color rojo simboliza la sangre, derramada ante el asesinato y la muerte indiscriminada de tantas personas; el que sea una niña, simboliza la inocencia, la dulzura, la alegría, y el de hecho de que se escabullía entre las calles y nadie la veía, simboliza que la inocencia quedaba escondida, perdida, nadie encontraba inocencia allí. En la segunda parte de la película se ve a la nena muerta, mostrando que, a su vez, la inocencia murió, no existe más.

Ésta es una de las tantas lecturas que puede tener dicha película, la cual se podría afirmar que está muy ligada a la experiencia y opinión personal de cada uno respecto al tema.

Vivimos el día a día tan ajetreados, tan escabullidos en nuestras tareas cotidianas  e inmersos en la gran esfera de la comunicación, que no nos detenemos ni un momento a pensar. Pensar es la clave de muchas cosas que no podrían ser solucionadas de otra manera. Si fuéramos capaces de frenar nuestras vidas por un segundo, que el tiempo se detuviera y abstraernos de todo lo que nos rodea, podríamos darnos cuenta de muchas cosas que, en la desesperación y el apuro cotidianos, no podemos. Pensar nos lleva a la reflexión, y la reflexión nos lleva a querer cambiar cosas que notamos que no están del todo bien. Y sobre todo reflexionar sobre estos temas es algo fundamental, recordar lo que pasó, no negarlo, para que no vuelva a pasar. Hay que dejar de llenar nuestros vasos de la vida con cosas para que nunca se vacíe. Si logramos terminar algo, podremos dar comienzo a algo mejor, y eso dejará ver los cambios que se lograron en el pasaje de un momento al otro. Pero hay que dar fin a la serie de injusticias que se cometen hace tantos años, que hacen que la vida sea como un soplo, priorizando aspectos superficiales que nada tienen que ver con la esencia humana.

La  Segunda Guerra Mundial habrá sucedido hace setenta años, pero las consecuencias aún hoy se observan. Muchos harán bromas respecto al tema, ya sea por ignorancia o por desconocimiento de no saber lo que vivieron esas millones de personas, pero no se debe bromear si no se sabe de lo que se está hablando. Es un tema que hasta nuestros días se debe continuar charlando y discutiendo, con el objetivo de que todos sepan y reflexionen acerca de lo que pasó. Se perdieron muchísimas vidas que nunca se van a recuperar, pero si nos detenemos un minuto, cerramos los ojos y le dedicamos un poco de nuestro tiempo a recordar la serie de hechos que sucedieron en ese momento, podremos iniciar un nuevo camino, un camino de concientización tanto hacia nosotros mismos como hacia los demás, porque de esta manera se puede lograr cambiar los ideales de algunas personas para que esto no ocurra más, y que el campo que una vez se marchitó pueda volver a florecer.